| “Mi
madre, mi pobre madre, me dijo más de una vez: “No basta que no
hagas mal es preciso que hagas bien”. Augusto Ferrán. Si
nos dejamos influir por el desagradecimiento de las personas, echaremos
por el mal camino, porque en estas vertientes del humano vivir no es decisiva
la precaución y podríamos caer en la cicatería. Siempre
es mejor que el bien se haga aunque no tengamos correspondencia.
Si hubiera que abandonar todo lo que molesta, muy pronto la vida languidecería
en inerte ocio. Pero hay otra razón de mayor importancia para que
las circunstancias y las ingratitudes no nos hagan sufrir demasiado
y es la de que tanto los favores como los prejuicios cuentan por la intención
con que se hacen.
El hombre bueno hace sus cálculos
de manera tal que siempre sale perdiendo y engrandece el favor adelgazando
el agravio. El juez más justo sería aquel que, sin dejar
de sancionar, encomendara al olvido la injuria y a la memoria el favor.
Y porque aunque no deje de ser cierto que conviene a la justicia dar
cada uno lo suyo –al beneficio, la gratitud-, ello es sólo
verdad cuando es uno quien hizo el beneficio y otro el beneficiado. Sin
embargo, todos, sin excepción, al favorecer a otro nos favorecemos
a nosotros mismos y no porque el hombre socorrido nos querrá socorrer
y auxiliar el auxiliado, sino porque el precio de todas las virtudes está
en ellas mismas y el premio de la obra buena, en haberla practicado. Hay
ocasiones en que no es posible ser agradecido más que pareciendo
lo contrario y, quizá, nadie estime más la virtud que quien
no vacila en perder la reputación antes que perder la tranquilidad
de su conciencia.
Pero esto, que es cierto, que teóricamente
no es discutible, ¿se le puede pedir a nadie en la práctica
y en nuestros días, en los que la deshumanización alcanzó
a todas las clases sociales, días en los que nadie se sonroja por
negar hoy al que defendió ayer y no una vez, sino setenta y siete
veces siete? ¿No lo estamos viendo? Por alcanzar el poder,
y los “honorarios” que lleva implícitos, dejamos en la cuneta
al que cayó en desgracia y lo dejamos, no para recluirnos en un
monasterio, sino para subirnos al carro del que hoy es fuerte, ese que
puede darnos prestigio y dinero. ¿Y qué? ¿Las gentes
desprecian a estas personas de tan escaso valor moral? Nunca, salvo raras
excepciones que no podemos dejar de admitir, le importó menos al
hombre enfrentarse a las gentes para decirles hoy, que el camino que les
aconsejó ayer no es el bueno y para hacerles promesas que no ha
de cumplir, desdiciéndose tantas veces como sea necesario. Hoy no
es París lo que bien vale una misa, esta se oye por algo más
reducido y pagando el precio que sea por ello.
Pero no debemos desmoralizarnos los
que somos menos aptos o incapaces para el fariseísmo de nuestro
tiempo. La vergüenza se pierde una sola vez y, después, salvo
algún mirlo blanco, se continúa por el mismo camino, el único
que parece expedito, especialmente en la política. En última
instancia deberíamos estar agradecidos a estas personas porque son
el espejo en el que no nos debemos mirar, aunque nos enseñen que
están en el secreto de las cosas que siempre recomiendan el camino
andado, cosas que nunca se extinguen , sino que solo se abaten para incorporarse
después. Se marcha el invierno, para que otro año lo devuelva,
como se irá el verano para que los meses propios lo restituyan y,
cada jornada, el día seguirá a la noche, como seguiremos
viendo que una parte del cielo se levanta y otra se hunde con la misma
periodicidad. Y como dijo el poeta: “Que te compren no me extraña,
/ que te vendas .. ¡esos sí!, / y lo que menos comprendo /
es que no te extrañe a ti”. Francisco
Arias Solis |
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