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| SOBRE LA CLASE MEDIA Y SU RELACIÓN CON LOS CACEROLAZOS | |||||||||||
| De
memorias y gallineros
Mucho se ha hablado y con razón de los efectos vivificadores que tuvo el cacerolazo del 20 de diciembre en el panorama político argentino. Opiniones coincidentes se hicieron oir en el orden interno y en el orden internacional, porque nunca como entonces una clase media tradicionalmente tranquila y paciente salió a batir la cacerola reclamando airada un país distinto sin políticos, funcionarios, legisladores, jueces y sindicalistas ladrones y coimeros. ¿Quién no podría identificarse con reclamos tan precisos contra el inepto Cavallo, por la modificación del rumbo económico, la independencia de la justicia? Por eso no entiendo ciertas opiniones a contrapelo que debieran ser repensadas antes de emitirse. Me refiero a las que aparecen en el artículo del Sr. Mempo Giardinelli del pasado 7 de enero en Página/12. La exposición pública de un escritor o cronista de la realidad obliga a éste a ser claro y no confundir a la gente, aún a sus propios admiradores. La convertibilidad fue una decisión ya lejana que se asentó en la entrega de los recursos principales y estratégicos del país y al achicamiento del Estado en lugar de fortalecer su presencia para asegurar la productividad plena, el empleo y la producción de recursos que por abundancia y avance tecnológico hubiera fortalecido nuestra moneda y nuestro nivel exportador evitando endeudamientos. Los viles dineros de la rifa del estado, fueron a parar al circuito financiero. Los especuladores coparon nuestras empresas de servicios, nuestras rutas, nuestro petróleo y junto con los bancos se llevaron nuestros dineros fuera del país. El corralito entonces es la consecuencia de diez años de robo indisimulado ayudado por una convertibilidad mal orientada y sin futuro. Por eso, congelar los depósitos fue arañar lo que quedaba en el fondo de la lata. El corralito quizás hayan sido uno de los disparadores pero los objetivos del cacerolazo trascienden ampliamente simplificaciones orientadas a denostar a una clase media que compone una buena porción de poder popular. Nadie quiso identificaciones partidarias y la única bandera fue la argentina. Toda una identificación en esta hora de tanto descrédito de la política cuyos culpables fueron los dos partidos que desde siempre se alternan en el poder. Se está expresando el mismo sentimiento que generó el voto bronca. Se quiere cambiar de aires políticos porque los que hay no nos representan. La enseñanza de la cacerola no se agota en un encuentro espontáneo ni en un rito folclórico. Se acabó el tiempo de la espera a la ocasión de votar y dejar el protagonismo a los políticos; ahora es el pueblo el que protagoniza y exige, dejando atrás identificaciones entorpecedoras en un proceso creciente de organización popular. Estoy seguro que la bandera argentina sobre la cabeza de los que se reunen en un encuentro de vecinos, en una manifestación, en un piquete, en un movimiento de desocupados o manifestantes gremiales, generan mayor preocupación en la clase dirigente que las banderas de los partidos que los acompañan entre las que no se encuentran por supuesto las de los partidos mayoritarios cubiertos de culpas y vergüenzas. La clase media y la gran mayoría de los argentinos quieren cambiar el sistema ¿por cuál? ¿cómo? Eso se está discutiendo, sin caudillos que manden ni “aparatos” que obedezcan. Se están realizando encuentros en plazas, esquinas, salones y casas, sin nombres propios más allá que entre los participantes haya miembros de todos los partidos. Todos somos Silvia, Pedro, Andrea, José, Rubén, Cecilia, etc. Y no sólo de clase media. Esa clase media a la que pertenezco se formó en las escuelas primarias, secundarias y universitarias gratuitas y estatales. Las mismas que formaron a Cavallo, Menem, Roque Fernández y tantos otros que luego ansiaron privatizarlas para que las habitaran sólo los hijos de los pudientes. Esa clase media se formó en barrios humildes, en casas de Planes Comunitarios, en tiempo de estabilidad laboral en el sector privado y estatal. Esa clase viene de los tiempos en que había industria argentina, pudo educar a sus hijos y se acostumbró a una calidad de vida digna, con obra social, jubilación y aguinaldo, cuyas mujeres tuvieron la ocasión del voto. Una clase media, nacida –diferencias ideológicas aparte- en la primera presidencia de Perón, cuando se podía todavía cantar “combatiendo al capital” sin que sonara a burla. Esa clase que pudo cultivarse y supo prestigiar con sus artistas científicos deportistas y escritores a un país que se ganó el respeto del mundo, hoy se enfrenta a una crisis que va desgajando sin pausa a sus miembros hacia la pobreza y la indignidad de la bolsa de alimentos y de planes de trabajo que disfrazan la limosna de salarios insuficientes otorgados con cuentagotas por los que se dicen herederos “del general” pero se entregaron atados al capital que dicen combatir en la marchita. La clase media sigue su marcha, junto con piqueteros, desocupados y obreros. Estamos en el llano, no en el palo de arriba para cagar a los de abajo y no porque nos hayan tocado el culo con los depósitos. Tengan la seguridad los políticos y los opinólogos que los muertos de la dictadura y de la represión no serán en vano porque seguiremos ejerciendo “El santo oficio de la memoria”, para que nuestro país deje de ser “puro cuento”. (Rubén Basso, Buenos Aires, 21 de enero de 2002) |
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